Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


miércoles, 15 de noviembre de 2017

ESPEJOS


Hoy vi a un pibe en cuclillas, en silencio, mirando los autos pasar.
Y a otro, pateando monótonamente la pelota contra el frente de su casa.
Luego, a un muchacho, manos en los bolsillos, silbando la melodía de una canción.
Volví a casa con la mente perdida en el pasado.

miércoles, 9 de agosto de 2017

¿Qué hacés, gordito?



9 de agosto de 2017. Punto de inflexión. ¿Qué hacés, gordito?, me saludó casi riendo. ¿Cuánto hace que no te veo? Contesté con una sonrisa forzada y simulé estar apurado. No tenía ganas de que me interrogara sobre la prominente panza que en los últimos años había cambiado bastante mi característica fisonomía. Si bien al click lo provocó ese saludo sarcástico, el progresivo crecimiento de mi abdomen venía dando vueltas en mi cabeza desde hacía ya un tiempo prolongado. Pero nunca lo había tomado como un problema demasiado serio ya que me decía: no como más pan y listo. Suprimo el alcohol durante los días de semana y listo. Pero los fines de semana era una máquina de incorporar alcohol e hidratos de carbono a mansalva en mi cuerpo y el domingo a la noche, a punto de explotar y tomando buscapina, me decía: mañana lunes me pongo las pilas. Toda mi juventud había sido flaco, comer o no comer era un detalle que realmente pasaba desapercibido entre mis necesidades básicas. Además, sin exagerar tampoco, siempre había hecho actividad física: jugar al fútbol con los amigos, salir a trotar de vez en cuando, pero sobre todo, iba para todos lados caminando o en bicicleta. Seguramente hubo algún acontecimiento en mi vida que provocó un cambio. O, más que un hecho o una circunstancia, la edad misma. Uno no puede pretender tener el mismo físico que se tenía a los veinte años, cuando la vitalidad es plena, no sabe de límites y el cuerpo soporta cualquier tipo de ataque. Desde chorizo revuelto en la sartén con huevos hasta una larga noche que empieza a las 22 con cerveza, continúa con fernet y termina a las 6 con vodka. Pero, ¿qué es lo que me preocupa? ¿Comprobar que fui cambiando de agujero del cinto —tres veces como mínimo— desde que me lo compré hasta hoy? ¿Putear cuando me quiero comprar una camisa y aclararle al vendedor antes de que me empiece a mostrar diferentes modelos “que no sea entallada”? ¿Mirarme al espejo desnudo, después de bañarme, y decirme en silencio “¡no podés tener esa panza!”? ¿O darme cuenta de que me cuesta cada vez más atarme los cordones de las zapatillas? ¿O agitarme luego de hacer algún movimiento o esfuerzo que hasta hace poco tiempo lo hacía sin ningún tipo de inconveniente? ¿O reconocer que hasta no hace tanto tiempo me proponía salir a trotar para sentirme bien y ahora ni siquiera lo pienso? ¿O aceptar como una evidencia irrefutable que desde que dejé de ir al gimnasio, hace tres años atrás, aumenté nueve kilos? Evidentemente, todo eso es lo que me preocupa. Creo que los hombres —difícil es generalizar—, a cierta altura de la vida, ya dejamos de pensar en nuestra apariencia, cosa que de jóvenes nos atormentaba. Llega un momento en que nos preguntamos: ¿a quién quiero deslumbrar? ¿A quién quiero atraer? Y seguimos comiendo y chupando autoconvenciéndonos de que lo importante es la mente, cómo somos, la inteligencia y que las apariencias no son importantes para atraer la atención de los demás. ¿Y las mujeres —difícil también es generalizar—? Se visten, se pintan, se producen y por lo general es para impactar a sus amigas o a las demás mujeres. Rara vez los hombres nos damos cuenta de que una mujer se esculpe las uñas, le cambia un tono al color del cabello o tiene zapatos nuevos. Es más, se matan por estar escuálidas y a nosotros nos gustan rellenitas… Pero no me quiero ir por las ramas, ya que me estoy dando cuenta de que esta reflexión me está haciendo reconocer que lo único que me preocupa es la apariencia física. ¿No será? Un poco sí, pero lo de agitarme al calzarme y atar las zapatillas o que cada vez me demore más de lo necesario para levantarme del suelo luego de estar sentado, también me preocupa. Consejo de muchos, que no quiero escuchar: hacé vida sana, comenzá a hacer ejercicio. Si no querés ir al gimnasio, comenzá por caminar y al poco tiempo, con un par de kilitos menos vas a comenzar a trotar, como antes. ¿Vida sana? Andá de una dietista. ¡Mirá que yo voy a necesitar ir de una dietista! ¡Por favor! Mañana mismo… perdón, ya mismo me pongo las pilas y dejo atrás la vida sedentaria y comienzo una vida saludable. Después de todo es para mi bien, ¿no? Es la hora de cenar. Abro la heladera y veo un pedazo de tortilla de papas y dos milanesas que sobraron del almuerzo. Hay queso en fetas y salame de milán. También hay pan de hoy. Obviamente, nada de eso podría comer si quiero cambiar. Pero ¿qué hago? ¿Tiro todo a la basura? ¿Se lo doy al perro? ¿Y esa cerveza que me mira desde la puerta de la heladera? Es una tentación que me va a hacer sufrir de ahora en más si la dejo en ese lugar. Está claro que para cambiar de vida, hay que terminar con las tentaciones… Así que esta noche ceno tortilla de papas con milanesas frías, me hago un par de sánguches de queso y salame, me tomo la birra, me deshago de todo lo perjudicial y mañana empiezo con todo. El punto de inflexión puede cambiar de fecha… ¿Quién se va a enterar?


Lo peor de todo es que mañana es jueves. Se acerca el finde… ¡El lunes me pongo las pilas!

sábado, 25 de marzo de 2017

FB


Se levanta temprano y mientras prepara el desayuno enciende la notebook para empezar el día informado a través de la lectura de noticias en diarios digitales. Revuelve el azúcar con la cucharita en el café con leche y piensa que antes de ir a los diarios, podría ver si tiene alguna notificación en su muro de Facebook. Ni una. Pero sin pensarlo demasiado, se pone a leer las publicaciones de sus cientos de amigos. A las 6:30 alguien clickeó y compartió en su muro una diapositiva con un gran ¡BUEN DÍA! y un dibujo de un osito de peluche que endulza el mensaje. Al lado, una frase con la que desea que Dios te dé todo lo que tiene. Enseguida otro le contestó a ese alguien con un buen día sin el énfasis que le podrían haber dado unos sencillos signos de admiración. No obstante, inmediatamente después del saludo, estalla un me gusta. Ese alguien es una amiga a la que, paradójicamente, no conoce. Decide no saludarla ni indicar que le gusta su saludo. Las próximas intervenciones son de la misma amiga: foto de un caballo con la mirada triste, flaco, que tira de un carro. Una frase impresa sobre la foto exige justicia para con los animales. Ella misma estampa en su propia foto el botón de me gusta. Le sigue una imagen de Cristo con un corazón fuera del pecho y un aura dorada que hace mal a los ojos. Comenta: En vos confío. Luego, la foto del papa Francisco que sonríe y extiende su mano a manera de saludo o de yo te perdono, acompañada de una de las tantas frases que dice ante los micrófonos —o que le hacen decir sin que él se entere—. También a su propia publicación le estampa el insulso me gusta. La siguiente es una publicación de la misma amiga que muestra un perro en estado calamitoso de salud, y en su comentario pide por favor urgente adopción. Con la ruedita del mouse va pasando lentamente publicación tras publicación de sus amigos. A algunas las lee, a otras apenas observa la foto y descarta la lectura del texto. Reflexiones de Jacques Lacan, Friedrich Nietzsche, San Martín o poemas de Mario Benedetti, versos de Arjona y textos de Eduardo Galeano, se mezclan cada tanto con los últimos análisis filosóficos de Diego Armando y algunos que otros comentarios de Mirta en su último almuerzo con famosos. Fotos de fin de semana en el campo, en Colastiné, en Buenos Aires o Viena, de varios de sus amigos se mezclan con provocativas selfies frente a un espejo de baño sacadas por una señorita que le tira un besito a quien quiera recibirlo. No sabe quién es a pesar de que figura como amiga. Se entera al mirar hacia su derecha, arriba, de que hoy cumplen años Liliana, Américo, Silvina y Pato. Lee: Desea feliz cumpleaños a tus amigos. Solo saluda a Liliana y agradece a Facebook, en silencio y para sí, el recordatorio. No se había acordado. Un gimnasio amigo, a través de su muro, lo incita a no bajar los brazos, a seguir con el entrenamiento, con la rutina diaria, porque solo así se logra el objetivo de llegar en forma al verano. Recuerda que hace un año y medio que no va al gimnasio y que también dejó de trotar tres días a la semana, como era su costumbre hasta hace unos cuantos meses atrás. Se le nota y se mira la panza. Reflexiona parafraseando un texto de Galeano que alguna vez releyó en Facebook: “No sé si la vida tiene sentido sin salame”. Sonríe ante frases ocurrentes o creativas, o con buenas canciones; bufa ante imágenes de santos, perros abandonados, niños con tumores visiblemente horrendos o comentarios inútiles como Toy aburrida. Se pregunta —y se enoja— por qué carajo no existe el botón no me gusta o directamente es basura. Dedica un par de minutos a razonar que sería bueno proponerlo. ¿A quién? ¿Al señor Facebook? Sabe que puede optar libremente e ir de una vez por todas a los diarios digitales y enterarse un poco de lo que pasa por el mundo. U optar por alejarse de la computadora y hacer cualquier otra cosa. Observa sobre la mesa, detrás de la notebook, un libro cuyo señalador le indica que no falta mucho para terminarlo. Quizás media hora, cuarenta y cinco minutos. Decide ponerse a leer… pero dentro de un rato. Siente que el café con leche le está haciendo efecto y se dirige al baño. Lleva consigo el smartphone, así como hace un par de años atrás llevaba una revista para leer. Ahora aprovecha el tiempo sentado en el inodoro jugando al Preguntados. Va por el nivel 225. Al menos cultivo el intelecto, se justifica. Vuelve a la media hora y sigue dándole rosca a la ruedita del mouse. Le llama la atención que en el muro de una de sus tantas amigas, que publica oraciones cristianas en cadena, innumerables fotos del papa y de Cristo, aparezcan duendes benefactores que bendicen tu casa si compartís la publicación con al menos diez amigos. La fe da para todo, piensa. Alguien protesta por el impuesto a las ganancias y pide por favor su derogación, sobre todo a los jubilados. Otro putea a la yegua de la presidenta porque estuvo dos horas hablando por cadena nacional. Un desconocido le comenta que prefiere eso y no escuchar los discursos vacíos, sin ideas, de la oposición. Los comentaristas suman cuarenta. La publicación se ha convertido en un debate abierto a todo el mundo, tenga o no idea de qué se está hablando. Decide no seguir leyendo los comentarios. Avanza con las publicaciones y una sonrisa se le dibuja en la cara cuando ve una vieja foto con la que un amigo suyo recuerda épocas de infancia. Le pone me gusta y sigue. Cada tanto se mezclan publicidades de empresas turísticas que ofrecen lugares, hoteles, paquetes de excursiones a mitad de precio. No les da importancia pero recuerda que alguna vez debe haber puesto me gusta en las páginas de esas empresas y por eso aparecen constantemente. Mira el reloj. La taza hace ya una hora y cuarto que no tiene el café con leche en su interior. No leyó aún las noticias y piensa que en todo ese tiempo que estuvo navegando en Facebook hubiese podido haber terminado de leer su libro. Evidentemente, la trama del libro no lo había atrapado. ¿Y Facebook sí? Quién sabe. El dedo índice de su mano derecha hace girar nuevamente la ruedita del mouse y sigue leyendo, mirando, sonriendo, protestando, mientras espera, casi con desesperación, que algún amigo se digne a escribirle, a etiquetarlo en una foto o mandarle alguna notificación de lo que sea. A esta altura del día, ya casi al mediodía y con toda la mañana perdida, no le importa el tenor del mensaje.