Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


sábado, 23 de diciembre de 2017

SILVANA


No era la primera vez que me pasaba. Lo había advertido durante todo el año. ¡Y ya estábamos en setiembre! Esta vez fue mientras leía poemas de Neruda. La vi en el segundo banco de la segunda fila, donde se sentaba siempre, sonriendo y mirándome fijo, como hipnotizada. A principios de la clase me pareció escucharla suspirar: Ah… Neruda… y vi cómo se acomodó en la silla, lista para disfrutar.
Silvana no hablaba mucho pero era muy simpática. No tenía ningún tipo de maldad en su mente y siempre se encontraba dispuesta a ayudar a sus compañeros por más que no fuera una alumna brillante. A veces, al finalizar la clase, se me acercaba y me preguntaba qué poetas podía leer, y yo —ingenuo— le recomendaba a Miguel Hernández, a Antonio Machado, a Neruda, a Bécquer… Sus apenas diecisiete años no me hacían ver en ella más que a una niña enamorada del mundo que quería disfrutar segundo a segundo su vida… y feliz. Un día, para variar la temática, le recomendé que leyera un cuento de Horacio Quiroga. Al otro día me lo reprochó muy enojada. Lejos de sentirme mal, me puse feliz porque me había sorprendido al darme cuenta de que lo había leído. Es uno de los mejores cuentistas argentinos, me defendí, pero su mirada fue bastante clara: ella estaba enamorada y no quería leer ni escuchar hablar de la muerte en todas sus manifestaciones.
Y ese día, con el libro de Neruda en mis manos, caí en la cuenta. Sus ojos eran demasiado expresivos. Su sonrisa, aquella sonrisa inocente, había dejado de ser tal. Y sus ojos me perforaban como rayos mis mejillas, que ardían como nunca. Me incomodé. Leía los versos del chileno sin prestarle la debida atención, sin poner una mínima pasión en la lectura que la ocasión merecía. Y hasta creo que tartamudeé u omití una palabra o un verso, ya no lo recuerdo. Eso provocó sonrisas en los alumnos y traté de serenarme y seguir como si nada hubiera pasado, intentando que Silvana no me desviara la atención. Lo estaba haciendo a propósito, lo sabía. Nunca antes la había notado así. Sí lo había sospechado, pero nunca pensé que esta niña llegara a tal punto.
Luego de unos minutos sin dirigir la vista hacia Silvana, sentí —no la vi— que se había movido. Mi intriga fue más fuerte que mi voluntad y la miré. Pensé: No me vas a ganar en miradas. Y ocurrió lo que jamás había esperado. Su guardapolvo se había levantado lo suficiente como para dejar ver la casi totalidad de sus piernas desnudas. Mis pocos años de experiencia como docente me impidieron pensar en cómo actuar. Ni siquiera la miré a la cara para evitar peores consecuencias. Llamarle la atención no era buena idea ni era oportuno hacerlo en esos momentos. Podría equivocarme o podría hacerla quedar mal ante todos sus compañeros. Nuevamente opté para mirar para otro lado. Miré mi reloj. Faltaban todavía veinticinco minutos para que sonara la campana y hasta ese día nunca en mi carrera de profesor había esperado tanto ese momento.
Mientras seguía leyendo algunos poemas de Cien sonetos de amor, pensaba que al otro día debería llevar al curso las obras completas de Quiroga o aprovechar para hacer un trabajo interdisciplinario con la cátedra de inglés y hacerles leer a los alumnos algunos cuentos de Poe. Di toda la clase sin dirigir la vista al sector del curso donde se encontraba sentada Silvana exhibiendo sus piernas. Y sonó la campana por fin. Yo ya estaba transpirando con el libro en mis manos y por suerte mis alumnos no esperaron mi autorización para salir al patio. Di media vuelta y, sin mirar a Silvana, me dirigí hacia el escritorio a juntar mis carpetas. Suspiré profundamente y me dispuse a salir del aula. Pero al dirigirme hacia la puerta fue imposible dejar de advertir que Silvana era la única alumna que quedaba en el aula, con su mirada todavía clavada en mí y sus piernas aún semidescubiertas. Meneé la cabeza, dejé nuevamente mis carpetas y libros sobre el escritorio, tomé aire —coraje— y me dirigí a su banco. No podía dejar de reprocharle haberme incomodado durante toda la clase. Mi paciencia había llegado a un límite. Ella no dejaba de mirarme ni de sonreírme tímidamente. Pero a medida que me iba acercando a su banco comencé a notarla un poco extraña. Algo había en esa mirada que comenzaba a preocuparme. ¡Silvana!, le dije tomándola del hombro, sacudiéndoselo suavemente, y lo que le provocó un grito: ¡Qué! ¡¿Qué pasa?! Se levantó como eyectada de su silla, acomodándose el guardapolvo, desesperada. Discuple, profe, es que anoche no dormí nada por quedarme a estudiar para la evaluación de Matemática…
Sonreí, pero sé que me puse colorado. Silvana no dejaba de disculparse y me prometía que para el otro día se iba a leer los cien sonetos de Neruda. Porque… ¿leyó a Neruda hoy, no?, me preguntó. Suspiré y le pedí que fuera al baño a lavarse la cara. Esperé que Silvana saliera del aula para largar una carcajada en la que se mezclaba un sentimiento de alegría y de vergüenza a la vez.

1988

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