Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


domingo, 8 de abril de 2018

ETERNA AUSENCIA



¿Dónde estabas cuando yo, solo en mi cuarto, miraba la gente pasar?
¿Cuántos tenía? ¿Quince? ¿Dieciséis?
¿Dónde estás ahora?...
...Porque sigo solo pero en un hospicio, con las ventanas cerradas, con luz artificial…
¿Cuántos tengo? ¿Cincuenta? ¿Sesenta? ¿Cien?
Toda una vida soportando tu ausencia entre tanta gente que estuvo conmigo…

miércoles, 3 de enero de 2018

LEER UN LIBRO AJENO


Ana me prestó un libro. Ta bueno, te va a gustar, me dijo. Y lo recibí con gusto en una época del año en la que es un poco difícil encontrar ese par de horas de soledad en las que se puede encarar una nueva lectura con tranquilidad. Mi biblioteca —que en realidad son varias, porque ninguna es capaz de acaparar a todos los libros juntos— es bastante numerosa.
Tengo una relación con los libros muy particular. No sé si el caso es para estudio pero creo que un sicólogo se haría una fiesta analizando esta relación. Durante muchos años los tuve forrados con nailon transparente. A todos, sin excepción. Creía que conservándolos así serían inmortales y podrían sobrevivir varias generaciones. Hasta que me di cuenta de que un libro visiblemente gastado, más gordo que cuando fue nuevo, es signo de haber sido abierto, leído o al menos inspeccionado por alguien. Un libro que se guarda en una biblioteca, nuevo, y se conserva así durante años, no tiene vida, no cumple con la finalidad para la cual fue escrito y refleja, a simple vista, que su dueño no lo leyó y que seguramente lo compró para engrosar el aspecto y magnitud de su biblioteca. Fue así que un día me propuse no forrar más los libros con nailon transparente. El tiempo también tiene que pasar para ellos y notarse. Como para los seres humanos. En vano son las cirugías que se practican para engañar al ojo ajeno. Las páginas amarillas y tapas ajadas equivalen a nuestras arrugas. ¿Para qué esconderlas?
Pero no es solo cuidar como tesoros a mis libros lo que me lleva a plantearme si tengo alguna disfunción mental. Como dije, son varias las bibliotecas que hay en mi casa —seis— y si me piden que encuentre un libro, lo hago en un abrir y cerrar de ojos porque los tengo muy bien acomodados. No solo por países, sino también por autores, por abecedario. En el comedor tengo dos bibliotecas: una antigua, con dos puertas vidriadas, en la que se alojan todos los autores argentinos. Y al igual que lo que pasa en las otras cinco, los estantes ya no son suficientes para apretujar los libros paraditos, uno al lado del otro, sino que sobre los mismos ya se acomodaron una buena cantidad de manera horizontal que no encontraron su lugar por haber llegado últimos. A su lado, una más precaria y sin puertas, aloja a los autores latinoamericanos. Estos están acomodados por países y, a su vez, por abecedario. En el pasillo que comunica el living con la cocina, una gran repisa antigua pintada de blanco guarda entre sus estantes todos los libros con algo especial: antiguos —algunos del siglo XIX-, con tapa dura, o de cuero, obras completas en edición de lujo... O sea, esta repisa además de albergar palabras de otros, cumple una función decorativa, “para la vista”. Vamos a la cuarta biblioteca: está al lado de mi escritorio de trabajo. En ella se alojan dos grandes enciclopedias, la “Historia de la Literatura Argentina” de Ricardo Rojas, y la colección de tapas duras y color celeste de la historia mundial de la literatura en nueve tomos del Centro Editor de América Latina. Con ambas enciclopedias conviven cientos de discos compactos de rock argentino y varios libros sobre historia del rock nacional. También hay en esta biblioteca varios libros de texto: Lengua, Literatura, Gramática, Ortografía, diccionarios… Y las dos restantes bibliotecas que hay en mi casa están —por una cuestión de espacio y para evitar mi expulsión del hogar— en el garaje. Allí conviven los autores españoles, italianos, franceses, alemanes, rusos, austríacos, estadounidenses y de demás partes del mundo.
Los libros que tengo, como dije, son muchos y puedo asegurar que si bien no los leí a todos —no me faltan tantos—, sí a todos los que leí los tengo. Aquí está el motivo que me llevó a escribir esto: Ana me prestó un libro. Lo leí y me gustó, tal como ella me lo había pronosticado. Por lo tanto, es hora de devolverlo. Y como considero que cuando uno lee un libro lo hace suyo y esa historia pasa a ser parte de su propia vida, me cuesta desprenderme del mismo. Porque me gusta verlo ahí, en la biblioteca, al lado de tantos otros, como una forma de recordar por qué otros mundos anduve dando vueltas. ¿Qué libro es? No hace a esta cuestión. Lo importante es que nunca pensé en no devolverle el libro a Ana. Así que una vez que lo terminé de leer, fui a la librería y me lo compré.